jueves, 14 de junio de 2018

UN SOLO MOMENTO

He apagado la lámpara, que ya había encendido, para gozar de la hermosa luz del atardecer… He abandonado lo que estaba haciendo, para escribiros en este momento mágico, que no puedo apresar, ni soy capaz de pintar con palabras, porque la calidez de sus colores antes sólo la había vislumbrado en sueños… He abierto la venta de par en par para que, además de de la tarde que muere, entre también el olor de los  tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia... Os escribo sin mirar al teclado, sin apartar los ojos del paisaje, sin importarme que la página en blanco que simula la pantalla se vaya llenando con trazos rojos que señalan las faltas en las que incurren mis dedos… No importa, luego, cuando la noche caiga del todo, corregiré; pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Lo importante es que, cuando relea lo escrito, volverá a alumbrarme esta luz y volveré a sentir este aroma que creía olvidado. Maúlla un gato. Está más oscuro y el aire viene frío. Alguien llama al timbre, pero a mí me da pereza levantarme. Suena el teléfono, pero no me apetece cogerlo. Prefiero seguir pensando en el vaho de las gavillas de sarmientos mojadas sobre las blancas tapias de un patio, en aquellas panaderías que calentaban el horno quemando ramas de pino; tan bueno era el olor de la leña amontonada a la entrada como el de las hogazas recién sacadas del hogar, cuando todavía era de noche… Prefiero seguir mirando hacia un horizonte cada vez más difuminado, a las pequeñas ventanas que se van encendiendo en los edificios de enfrente, dando testimonio de que entre sus paredes hay vida: niños que hacen los deberes, hombres y mujeres que se disponen a preparar la cena, que esperan una llamada de teléfono o a que comience el programa de televisión que les hará olvidar sus penas por un momento… quizás alguien lea un libro o escriba una carta o escuche la radio con la luz apagada.
            Las ideas corren más veloces por la mente que mis dedos sobre el teclado del ordenador. Mi imaginación salta a la oscuridad, al vacío, y esa lluvia que no cae, que tan sólo ha sido un recuerdo, me obliga a buscar refugio en el zaguán del cine Rex. Al otro lado de los cristales, los “cuadros” nos invitan a adivinar la próxima película que veremos… En aquellos tiempos de otoños lluviosos e inviernos de nieve y escarcha, en el pueblo había cine casi todos los días. Los lunes y los jueves, en sesión de noche; los sábados y domingos, por la tarde y después de cenar. Eran películas para adultos, incluso algunas (como La mujer marcada), de las calificadas por la iglesia como 3R… Tarde años en saber que existían también las que habían obtenido un 4, pues ésas, como eran moralmente peligrosas para todos, no llegaban nunca a Casas Ibáñez. Pero lo importante, para quiénes éramos niños, era la sesión que para nosotros se hacía cada domingo por la tarde: pocas películas infantiles, pero todas toleradas; la mayoría, en blanco y negro (como la vida), aunque la tendencia se fue invirtiendo con el paso de los años y acabaron siendo todas en color (como los sueños). El lejano Oeste americano, las enmarañadas selvas africanas, las profundidades marinas, los dibujos animados, los enredos de los cantantes de la época, los niños prodigio, los valientes espadachines, el más difícil todavía del mundo del circo, las vidas de los santos… y un largo etcétera que empezaba a alimentar nuestros sueños desde el domingo anterior pues, gracias al trailer que se proyectaba o los carteles que las anunciaban, podíamos jugar a adivinar qué iba a ocurrir en la película.
            … Pero ya no llueve, ni las tahonas amontonan las ramas de pino en su entrada, ni las gavillas de sarmientos esperan la lumbre sobre las tapias encaladas del corral… Hace años que no funciona el cine Rex y los “cuadros” se llaman ahora “lobby card”. De nuevo suena el timbre y vuelve a repicar el teléfono. La noche se ha cerrado del todo; encenderé la lámpara y corregiré lo escrito: pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Es lo que tienen los momentos, que son tan efímeros como la eternidad.



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